No es una maravilla, pero viendo las barbas de los vecinos –Irlanda, Inglaterra, Islandia, Portugal- podemos darnos con un canto en los dientes. Crear empleo, me temo, vendrá más tarde.
Salvamos a los bancos, reflotamos a las empresas, rescatamos a los empresarios… ¿Recordáis cuando íbamos a refundar el capitalismo? ¿Cuándo íbamos a acabar con los paraísos fiscales? ¡Qué tiempos aquellos!
Anécdotas aparte, ha llegado el momento de empezar a trazar el camino de salida. El Gobierno, tarde pero acertadamente, ha apostado por una economía basada en el Bálsamo de Fierabrás del crecimiento sostenible: investigación, innovación desarrollo, energía verde… Es un buen camino, no vamos a negarlo, el único viable a estas alturas. El primer intento serio por dotar a la economía española de unos pilares firmes sobre los que asentar el crecimiento.
Pero – siempre hay “peros” en los desamores – han surgido voces críticas. Los cambios, sean cuales sean, no son suficientes, gritan los hijos del Muro de Berlín. Reforma laboral, de la Seguridad Social, de las pensiones; reducir el gasto, la oferta de empleo público, el número de funcionarios. En roman paladino, reducir el Estado todo lo posible, para que no moleste, para que no regule, para que no intervenga.
No nos deberíamos sorprender si estas recetas salieran de las boticas del neoliberalismo o de las catacumbas de los organismos que tan eficientemente nos advirtieron de la crisis que se nos avecinaba. Otra cosa es que esos que antes se nos presentaron como portaestandartes del pueblo, la guardia pretoriana del socialismo español, ahora se alinee con aquellos que pretenden asegurar sus cuentas de resultados y sus dividendos sacrificando el futuro de sus asalariados.
Seamos sinceros con nosotros mismos. España nunca ha sido un país de primera división en su entorno más próximo. Nunca hemos estado a la altura de los tres grandes países de la UE – Francia, Inglaterra y Alemania – y tan solo la decadencia de la Italia de Berlusconi nos ha permitido soñar con ser uno de los grandes de Europa. Nuestra economía nunca será como la de los grandes, pero ¿es de verdad lo que queremos? Y más importante aún, ¿es realmente lo que necesitamos?
La economía española ha vivido un ciclo expansivo sin precedentes, pero no ha servido para reducir las diferencias sociales o la pobreza. El crecimiento económico no se ha traducido en un crecimiento social y ahora que la burbuja ha explotado el sistema se resquebraja. España está a años luz de muchos países europeos. A años luz de la economía alemana, pero también a años luz del Estado del Bienestar de muchos de los países nórdicos europeos. ¿Nos importa más nuestro PIB o nuestro nivel de desarrollo social?
Se necesita un cambio económico, es cierto, pero también se necesita un cambio social y cultural. No basta con cambiar ladrillos por aerogeneradores. La sociedad española tiene que plantearse que tipo de país quiere construir y que está dispuesto a poner de su parte para lograrlo. El PP ya ha apostado por un modelo: el modelo neoliberal, el del capitalismo más salvaje. Sus cartas están sobre la mesa y son las que ya nos enseño durante el Aznarato: Reforma laboral, recorte de los derechos de los trabajadores, reducción de impuestos, privatización de los servicios públicos, crecimiento económico a costa del Estado del Bienestar… ¿Es esa también la apuesta del PSOE? Espero que no.
Como le intentaba explicar Lisa Simpson a su padre, los chinos – o los japoneses, no lo recuerdo con claridad – utilizan la misma palabra para crisis y para oportunidad. La crisis no ha acabado, pero lo más profundo ha pasado. ¿Estamos a tiempo de aprovechar la oportunidad que nos plantea a la hora de redefinir nuestro modelo económico? ¿Está el Partido Socialista preparado para apostar fuertemente por el Estado del Bienestar frente a las ideas neoliberales que anidan incluso en su propio seno?
Podemos intentar ser como EE.UU., un país de los llamados ricos pero donde las diferencias sociales entre los más ricos y los más pobres no dejan de aumentar. El capitalismo, como el sexo, para ser bueno tiene que ser sucio, y allí lo saben mejor que en ningún sitio. Pero también podemos intentar parecernos un poco a esos países donde el neoliberalismo no se ha convertido en el compañero de cama. Al Partido Socialista le quedan dos años y medio para apostar por un modelo u otro, para enseñar sus cartas y para convencer a la sociedad.
Comienza la cuenta atrás.










