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20 de marzo de 2010 - Núm. 1494
 

Placeres cotidianos. Arrieros somos.
Alberto Martín del Pozo

23 de abril de 2006

Vengo disfrutando últimamente de uno de los mayores placeres que nos proporciona la vida moderna. Es una de esas cosas sin las que no sabríamos vivir, nuestra existencia sería mísera, opaca, anodina, absurda diría yo. Llevo dos días, no me envidiéis que es pecado, dos días haciendo cola en una administración pública, administración regional-autónomica-neorealidadnacional en este caso.

Es un auténtico placer que hemos de paladear. Los suaves efluvios de la sudoración de tu compañero de espera, los inteligentes comentarios de otro compañero post-adolescente y post-pijo, las siempre variadas y amenas anécdotas de la viejecita que está dos puestos detrás de tí, y como culmen, clímax, orgasmo, cuando crees que el placer de esperar llega a su fin, la amable sonrisa de las siempre atentas funcionarias amargadas, conciliadora sonrisa, gentil trato.

Además en mi caso, he de reconocerlo, he hecho trampas. Si, lo se, está mal, pero no he podido evitarlo. Fui el jueves y me dejé a propósito en casa un papel, para que me hicieran volver al día siguiente. Qué erección más sostenida cuando la funcionaria, auténtica funcionaria de rubio oxigenado, gafas ochenteras, dejó escapar entre sus labios, con indomable dulzura y algún que otro esputo, qué finura, la maravillosa frase: «Vuelva usted mañana». ¡Gracias, oh diosa del funcionariado, ninfa de la burocracia!

El viernes volví, y debía haber corrido la voz de las suntuosas esperas, y había más adictos, más adictos como yo, que el día anterior. Todos apretaditos, protegidos de la lluvia, y disfrutando, saboreando cada instante de espera, cada segundo, cada gotita de sudor recorriendo la espalda. El jueves estuve una hora, el viernes una hora y media. Ha sido grandioso. En total dos horas y media de espera, para un clímax de escasamente 2 minutos. Dos horas y media para que la funcionaria me despachara sin mirarme a la cara.

En fin, qué se le va a hacer. Ya se lo decían a Felipe II, España, este país, nuestro país, es el imperio de la burocracia. Disfrútenla.

 

Por Alberto Martín del Pozo

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