Cuando en 1981 Bruce Springsteen visitó España por primera vez y le dijeron que había fans que llevaban horas esperándole en el aeropuerto a su llegada, éste se dirigió a ellos y les dijo: “No vale la pena que estéis aquí. Mi música es mejor que yo mismo”.
Al día siguiente, ante un público extraño para el joven músico y fuera de todo pronóstico, Bruce dio el concierto que tantos críticos han venido a calificar como la mejor noche de rock que nuestro país recuerda. Springsteen por entonces era un músico de culto que todavía no se había convertido en ídolo en una España que poco a poco iba descubriendo el mundo del que formaba parte en silencio. La democracia era un bien reciente y todavía inestable: pocos meses habían pasado desde el intento de Golpe de Estado, y Bruce venía con algo más que rock and roll: “Be your own hero, search your own answers”. El discurso de Springsteen llegaba como agua de mayo en una España que vivía la resaca del 23-F, cuya democracia era todavía virgen y que se percibía cada vez más inestable por la crisis económica y las constantes convulsiones sociales que invadían el país.
Lo curioso de esto es que 27 años después, siendo España una democracia segura con unas libertades civiles amplias, el discurso humanista de Springsteen recobra aún más valor que entonces. Springsteen es un músico que encarna las voces de quienes más sufren la injusticia social. Él ya había sido la voz de la denuncia del racismo latente de su país con American Skin, denunció la homofobia al tiempo que ponía de manifiesto la marginación que sufren los enfermos de SIDA en Streets of Philadelphia, la hipocresía social ante la pobreza de los hermanos bajo el puente.
Con Magic, Springsteen ataca los mecanismos coactivos de la administración Bush, criticando la ausencia de libertades civiles y recordando que la democracia empieza por la paz y mediante las ideas. Pero Springsteen no se presenta con pretensiones proféticas, sino con una música armoniosa y elaborada que le ha permitido encontrarse con el ciudadano que se siente y que quiere ser.
Cuando ves a Bruce Springsteen a unos metros entiendes la auténtica vocación espiritual de un artista que lucha por envolverse con el público, al tiempo que le trasmite la sencillez como persona que encarna en su genial creatividad. Prueba de ello es su gusto por tocar las canciones que el público le pide.
En Barcelona, Bruce llevó en volandas al público, lo condujo al éxtasis del río de la esperanza que persigue en cada concierto para atacar nuevamente su propia idolatría. Se trata del ídolo que quiere ser reconocido como una persona responsable con el mundo en el que vive.
Estamos acostumbrados al desprecio y la altivz de las grandes leyendas del rock ante su público. Los continuos desplantes de los Rolling, los delirios mesiánicos de Sting y la indiferencia de Dylan en el escenario nada tienen que ver con la enérgica respuesta de fuerza y alma que Springsteen presenta sobre el escenario. En efecto, Bruce es un tipo que no quiere pasar a la historia como un mito, ni siquiera asume su papel como leyenda viva del rock. Springsteen abraza a sus anónimos seguidores, se desgañita para satisfacerles. Mientras otras leyendas del rock se esfuerzan por empañar la historia de una música que nunca muere, el jefe nos regaló una disparatada fiesta de más de tres horas que se torna un grito de esperanza ante un mundo que comienza a divisar el cambio necesario, en la que hubo sueños, ilusiones e ideas.
Probablemente Sprinsteen sepa que la muerte del idealismo es también la muerte de la libertad, e intenta difundir esperanza e ilusión por un mundo diferente de la forma que sabe, mediante el rock, sin olvidarse de que él todavía pertenece al grupo de los inmigrantes, parados, marginados y apestados por la sociedad clasista occidental. Y no se muestra como un triunfador sino como un ciudadano más, como una persona honesta que ha ganado la aparentemente contradictoria batalla entre la persona que es y el mito en que la sociedad occidental le ha convertido. El Boss tenía razón: vagabundos como nosotros, nacimos para correr.
muy bien macho, artículo mesurado, sano, y objetivo. enhorabuena.
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Chapó a Javier García Pedraz. Contando con que soy fanático de Springsteen, he de decir que nunca había leído una crítica tan buena como ésta. Sin palabras.
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Javier, ya conoces nuestra común afición por este monstruo americano.
comparto la línea argumental del artículo. creo que bruce, como una de las grandes figuras del panorama musical internacional, es un tío muy cercano al público. en madrid incluso acabó bailando con una espontánea que se subió al escenario. opino contigo que bruce springsteen siente más la música que su propio nombre, pero también pienso que sabe que tiene un nombre por el que mueve masas en sus conciertos. y sabe aprovecharlo también comercialmente. su biografía y su personalidad dicen mucho de este señor, trabajador y humilde ante todo, pero que sabe que es un don alguien que se desvive por jugar a ese juego al que lleva jugando desde que decidió salirse del colegio porque como el decía «aprendía más en una canción de tres minutos que lo que aprendió a lo largo de todos los años de escuela»
con todo, quisiera felicitarte por el buen artículo que has escrito, de veras, y quería decirte que espero que disfrutaras en barcelona lo que yo disfruté en el bernabeu.
un saludo afectuoso,
Alfonso Manjón
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Mientras leía tu artículo pensaba en muchas cosas que no te voy a contar aquí y se me estaba poniendo la piel de gallina. Aunque juego con ventaja, sigue así y no cambies.
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En tiempos de saturación de ritmos latinos y aflamencados, con qué frescura sigue sonando el viejo rock de Springsteen. Buen artículo.
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Bravo Javier por la estructura del artículo (que ya valorará el crítico literario que tienes en tu entorno); bravo por la soberbia defensa que haces de Springsteen como ser humano y no como ídolo; pero sobre todo, bravo por el canto de libertad y compromiso que reflejan tus palabras.
Animo y fuerza.
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