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20 de noviembre de 2008 - Núm. 1010
 

Una infantilización
José Luis Sánchez-Tosal

11 de julio de 2008

www.ciudadrodrigo.net

El pasado fin de semana hubo un representación más sobre el escenario real de hace 200 años de aquella guerra, es decir, en nuestro Ciudad Rodrigo. No sé qué lecciones históricas se pueden hacer del ensayo, lo que sí veo es que se presenta como un juego, aquello que es la mayor tragedia humana, o sea el fracaso del entendimiento y el triunfo de todas las ambiciones (políticas, económicas, y de glorias personales), es decir, la guerra, este jinete del apocalipsis que casi siempre actúa en nombre de cosas justas: para tener la paz (¿les suena esto recientemente en Iraq?), para ser más libres (la ilustración de Napoleón asoló Europa) y casi siempre hecha con los pobres por los ricos, y que suele terminar con un enorme costo humano que parece no contar, y, eso sí, con un respeto entre los principales, sino recuerden lo dicho por uno de los actores principales de este escenario de entonces, el duque de Wellington: «La guerra no fue hecha para disparar entre generales», pues se negó a hacerlo sobre Napoleón, ya que lo de tirotearse ya lo habían hecho miles de soldaditos, que andaban por aquel mundo con los mismos uniformes de este sábado, pero mucho más maltrechos y sucios de sangre y sus portadores bastante más debilitados y deteriorados, en nombre de historias gloriosas que escondían intereses de todas las clases, pues el uno, Napoleón, diciendo querer invadir Portugal, invadió España. Nuestros monarcas se fueron prestos y cuando regresó la institución vía Fernando VII lo hizo para traicionar la constitución que había jurado y acabar con todo lo bueno que puediera haber en ella, por cierto que el confesor y su asesor espiritual de la reina fue un cura de Ciudad Rodrigo, y qué estrechez moral implantó con sus consejos, y es que no hay manera, no sé por qué siempre estamos en todo y de qué forma. El Duque de Wellington nos libera al tiempo que se hace fuerte a nivel mundial, sentando los pilares del imperio británico. Nosotros lo hicimos general de todo lo posible en España, para compensar el entierro de las ideas de la ilustración. Queda nuestra figura local, Herrasti, quizá único con sentido de celebrar, pues no llevó el asunto a la estupidez de resistirse a lo irresistible en contra del pueblo que regía, y trató de evitar todos los sufrimientos posibles, aunque no los imposibles, pues cuando los dos ejércitos entraron ambos hicieron de las suyas con hombres, propiedades y mujeres.

En fin, esto es lo que pasaba, por eso el presentarlo como un juego divertido, es decir, hacer casi una infantilización de la guerra quizá sea vistoso y rentable turísticamente, pero es también todo un peligro grande presentar la tragedia así de diver y de simple.

 
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