Información libre e independiente

17 de marzo de 2010 - Núm. 1491
 

Nuestra «democracia»
Alberto Martín del Pozo

13 de marzo de 2007

Hoy estoy de mal humor. Llevo un par de días en los que todo lo que me sucede parece fruto de un mal de ojo, y para completar el paisaje, mis últimas conversaciones telefónicas no han sido precisamente placenteras, ni llenas de amor, ni de mariposillas ni de margaritas. Total, que vengo caliente. Además, llevo dos semanas sin televisión, mis neuronas recuperan forma gracias a que la lectura es mi único entretenimiento, y solo estoy informado gracias a Internet, ese magnífico lugar para encontrar porno, y otras cosas maravillosas y de interés social. Total, que entre imagen e imagen, me ha dado por leer ciertas cosillas, cosillas sin importancia, es decir, artículos de opinión, webs varias de candidatos varios, programas, o pseudos-programas electorales. Todo esto completado por los vídeos, declaraciones e instantáneas de este gran fin de semana de la democracia española, coronado en el “id y contadlo en vuestras casas”, clímax del discurso de Rajoy en Colón el pasado sábado.

Toda esta información rebotando entre mis neuronas ha provocado una conclusión: nuestro sistema democrático es una mierda. Y gran parte de la culpa es nuestra, de los que pisamos este suelo patrio, lleno de polvo y mugre en la mayoría de los casos. Por una parte, la política española da vergüenza, enfrascada en discusiones vacías y sin sentido. Políticos con la misma altura que Rompetechos y su misma visión de estado. Políticos preocupados del qué dirán, preocupados de quedar bien, de lucir su dialéctica, su oratoria y su gramática, y henchidos de orgullo por ser tan buenos y tener a tantos lameculos, paniaguados y limpiabotas arrastrándose a sus pies. Eso por una parte, la simpleza mental de todos nuestros políticos, o al menos, de 9 y medio de cada diez. Evidentemente la política surgida de tales personajes no da para mucho. Identidades, papeles, archivos, conspiraciones oscuras, desiertos lejanos, soluciones habitacionales, subvenciones, marbellas, poceros, alianzas de civilizaciones, buenrollitismo, aznarismo, peones de colores, difama que algo queda, tipos flacos que vienen y van, banderita por aquí, banderita por allá. Creo que todo el mundo me entiende.

La segunda parte del problema es el ciudadano de a pie. En una pescadilla que se muerde la cola, el ciudadano de a pie se desentiende de la política porque ésta le resulta vergonzosa, y ésta tiende a empeorar a medida que el ciudadano deja cada vez más poder de decisión a la clase política. El ciudadano medio, aquél que vive y piensa, que tiene unas ideas por las cuales no se cree capaz de escupir a nadie en la cara, está desapareciendo de la política, siendo sustituido cada vez más por el hooligan de la política, el que defiende unos colores a muerte, contra la razón, la verdad, la sensatez o contra toda la armada invencible si es necesario. De estos los hay a montones, a puñados o a millones, sobretodo si hacemos caso a ciertas cifras. Pero aunque ahora los evidentes y los callejeros son los de un bando, todos los partidos, PP, PSOE, IU, nacionalistas periféricos, aldeanos periféricos y sus versiones; todos sin exclusión, tienen su grupo de fanáticos. Los podemos ver por la calle, en la radio, en la televisión, en los medios digitales, amarrados a su verdad, con ojos inyectados en sangre y por bandera puños y rosas, gaviotas, burros, toros, o insignias regionales.

Los ciudadanos estamos dejando en manos de nuestros políticos y de sus aficionados histéricos el destino de todos nosotros. Las cifras lo indican, participaciones cada vez más escasas en las diferentes convocatorias, sobretodo en aquellas que no ofrecen la posibilidad de una confrontación directa con el vecino del tercero. Participaciones ridículas de unos ciudadanos que se han conformado con acudir de vez en cuando a votar, y que esperan a las grandes citas para hacer sangrar al enemigo.

Se necesitan cambios desde arriba y desde abajo. Cambios legislativos que acerquen la política al ciudadano, al menos la que se supone que debería estar más cerca de él, la local. Cambios de actitud en nuestra amadísima clase política, fuente hasta ahora de más problemas que soluciones. Y cambios finalmente en nosotros, implicación sensata en los asuntos de interés común, exigencia de respuestas, de programas creíbles y factibles, participación activa en los escasos ámbitos de decisión no trasvasados a políticos y partidos. Actos que, en definitiva, permitan al ciudadano recuperar paso a paso el control de sus políticos y que impidan celebrar una fiesta democrática tan solo cada cuatro años.

Si esto sigue así, estamos condenados a tener que taparnos dentro de poco con las dos manos las vergüenzas. Que alguien nos pille confesados, o al menos, borrachos como cubas.

 

Por Alberto Martín del Pozo

En la misma sección

El mismo día

Comentar este artículo

discussion

2 mensajes

  1. Nuestra «democracia»

    No lo podías haber dicho mejor. Para soltarlo «en caliente» irradia sensatez por los cuatro costados.

    por Chema | 13 de marzo de 2007, 09:09

    Responder este mensaje

  2. por Javi | 14 de marzo de 2007, 06:44

    Responder este mensaje

 
No queda sino batirse
No la reconocerá ni la madre que la parió (II)
No queda sino batirse
No la reconocerá ni la madre que la parió (I)
No queda sino batirse
La chapuza de Kosovo
Desde el manillar
Construir con lo que tenemos
Multiverso incognoscible
De encuestas y refundaciones en Castilla y León
Idiota en Brobdingnag
Involución cultural
Editorial de Bejar.biz
Renovar la Fiesta del Corpus
Voces Amigas
A cuentas viejas
Desde el manillar
Construir con lo que tenemos

Diario digital, libre e independiente de Salamanca (ISSN: 1886-1016)
Licencia Creative Commons ¿Quiénes somos? Contacto ¿Quieres colaborar? Acceso redactores Nuestro logo Si eres legal Enlázanos Nos enlazan
Google Mi Yahoo Add to My AOL bloglines Subscribirse a Newsgator Subscribir a netvibes Mi Yahoo