Había decidido aprovechar todo mi tiempo libre aquella tarde para hacer algo de provecho. Recuperar tesis olvidadas hace meses, recoger los miles de folios que se amontonan en la esquina del escritorio, enviar los emails que llevo meses teniendo que escribir. Ese tipo de cosas que se aparcan sin remedio hasta que el aburrimiento o un súbito brote de responsabilidad las ponen de nuevo en el punto de mira de nuestra rutina.
Como digo, había decidido emprender tan ardua tarea, pero en lo más alto de la pila de cosas por hacer había unas fotos que hacía mucho tiempo que no revisaba. Después de esas fotos vinieron otras, después el ordenador, la foto digital mató a la estrella del revelado, y después las viejas notas vitales, garabateadas en mil sitios distintos, en mil momentos y ocasiones. Epístolas de otros tiempos. Cuando hace mucho tiempo que no se recuerda, cuando hace mucho tiempo que no se visitan los lugares comunes, de tiempos pasados, que no se habla con personas que fueron intimas un día o con las que compartirte una vivencia, vivencia que posiblemente no marcara tu vida pero que resultó importante; en definitiva, cuando hace mucho tiempo que no miras hacia atrás, te das cuenta del gran salto, hacia delante o hacia ninguna parte, que has dado en los últimos tiempos.
Y estas cosas, te gusten o no, terminan por ponerte sentimental. Acabas como acabé yo, sentado delante del ordenador, con música de esa que siempre vuelve cuando la necesitas. Ese cedé que te sirve de banda sonora de tus recuerdos, que solo escuchas cuando se te nubla la vista, se te humedecen los ojos; cuando te asaltan los recuerdos del pasado.
Pensaba en aquellos momentos desde mi Calle Melancolía, sentado en un cruce de caminos, sin indicaciones ni guardias civiles a los que preguntar cual es la ruta correcta hacia el lugar al que no sé si quiero ir. Me di cuenta de lo viejos que somos, todos, tengamos la edad que tengamos. Yo ya peino canas, aunque sean dos y en la barba. De lo que casca esta vida, de lo perra que es, de los mordiscos que nos da en la yugular cuando menos lo esperamos. Dice un amigo mío que madurar es el proceso por el cual aprendemos a recibir bofetadas, a continuar por la vida sin poner la otra mejilla, porque eso es de gilipollas, pero si aguantando el dolor y sonriendo de vez en cuando, aunque tengamos el labio roto y veinte puntos de sutura en el corazón. Tiene razón, suele tenerla en estas cosas relacionadas con el recuerdo y el remiendo de los sueños olvidados con el paso del tiempo.
Aunque no sean estas literalmente sus palabras, se capta el concepto de lo que viene a decir. Ahora, este amigo mío se ha cansado. Se ha cansado de ser como es, de vivir como vive, de trabajar como trabaja. Realmente, lleva un tiempo cansandose. Posiblemente tenía una pila de cosas por hacer, o un paquete de fotos que recordar, o un cedé de música esperándole. Una semana da para mucho, sobretodo cuando las escapadas se arruinan. Tienes tiempo de sobra para pensar en el mañana, en el pasado o en el hoy. Tienes tiempo de tomar decisiones, o de plantearte esas decisiones y darte una fecha para ponerlas en práctica.
Posiblemente la culpa de todo la tenga el mundo en el que vivimos. No busco excusas, ni salidas, ni enemigos comunes a los que clavar una pica entre ceja y ceja y rematar con la toledana. Vivimos en tiempos jodidos para la lírica y para los sueños. Somos unas generaciones, de los 20 a los 30 más o menos, educadas mayoritariamente para triunfar, para al menos aspirar a ello, pero a las que hemos cortado entre todos las alas. Nos vamos a comer el mundo, pero nos están dando tantas hostias en la cara que ya no podemos abrir la boca. No me refiero a un triunfo económico, ni social, esto que quede claro. Me refiero a nuestros propios triunfos, a cumplir sueños, a vivir medianamente felices, a disfrutar de este mundillo. A disfrutar de esos vicios caros.
Es jodido darse cuenta, mirando viejas fotos o leyendo viejos escritos, que en el fondo hemos renunciado a ser como soñabamos ser. Que hemos aceptado ser lo que actualmente somos porque estábamos cansados de recibir. Quizá en su momento pareció una buena decisión, renunciar a una parte del todo para poder disfrutar del todo de una parte. Quizá al principio estaba bien. Y quizá, mientras no tengas una semana libre siga estando bien. Pero algún día los sueños a los que renuncias aparecen entre las tareas pendientes y tienes que decidir. Te sientas y piensas. Y terminas por decidir. Aceptas tu presente, con sus ventajas y sus defectos, o recuperas lo que te ilusionaba hace apenas unos años. A lo mejor, concluyes, mis sueños eran simplemente sueños y la realidad es así. Es lo que hay. Quizá, cuando te acuestas esa noche, cuando empiezas a dar vueltas en la cama abrazándote a la almohada, incomodo, desubicado. Quizá es en ese momento cuando decides. Adios, bai bai, hasta aquí hemos llegado, sayonara baibi, iros todos a tomar por culo. Ese día llegará. Aunque parezca lejano, llegará la noche en la que te repudiará la almohada y solo te podrás reconciliar con ella cuando lo mandes todo a tomar por culo. Tú lo tienes claro, lo sé. Y tú lo sabes, que es bastante más importante. Hablar desde fuera siempre es más fácil. Si estás malherido, al carajo los contratos firmados.
Si es jodido darse cuenta de que nos hemos abandonado a la rutina de la desgracia, o a la rutina de la rutina, un cuadrado complicado y alucinógeno, más jodido es sacudirse eso de encima, y pelear de nuevo, a cara descubierta, por una mañana en la que sentirse orgulloso. Quizá algún día nos bajemos del olmo al que nos subimos un día, esperando estar más cerca de algo, quizá para escapar, pero que nos ha impedido seguir corriendo.
Hasta entonces, te echaré de menos, porque bien sabes tú que no hay nada más difícil que seguir sonriendo con el labio partido. Nos veremos, antes de que pidan tu cabeza, cuando todavía haya una canción de amor, más allá del bulevar de los sueños rotos. Tenemos una cita, con la historia, o con el rock and roll.
Que te vaya bonito.
Commentaires
Gracias por el artículo. Es lo que más me ha gustado de todo lo que te he leído. Comparto tu opinión de manera global. De todos formas yo pienso que en momentos malísimos (y yo me encuentro en uno), no se puede descartar el acto supremo de una persona puede tener, yo no descarto y cada vez es más una opción posible, para mi hay cosas muy difíciles de superar, y uno se va cansando de estar cansado, se va hartando de estar harto. Una experiencia vivida queda en la experiencia humana queda en el recuerdo, una experiencia recordada es sin límites y cuando encuentras que no hay un hueco para la fe, o el anhelo de esperanza futura... Decía Basilio Martín Patino que es conveniente dejar el pesimismo para tiempos mejores, yo soy incapaz.
Realmente yo iría más lejos: me gustaría hablar de una frustración generacional. Tenemos una juventud hastiada, cuyo principal preocupación es disimular su crisis existencial. Algunos lo hacen con tatuajes, otros pegando carteles con fe ciega, y los más nostálgicos rezando. Dios ha muerto, y la juventud aún no ha sabido resucitar. Mientras la magnitud del misterio de la vida gane terreno a la religión, aumentará el índice de suicidios. Ala, a fumar petas todos. Que para algo somos alternativos... El che decía: «deja que te cambie el mundo, y podrás cambiarlo tú» o algo así. Yo me inclino más bien por «deja que te cambie el mundo, y te hundirás en el mar de la resignación»
Felicidades por el artículo. Hay que tener talento para maquillar el caos.
El caos por el caos, no es una Opción