El otro día, no recuerdo exactamente cual, el programa de TVE «España Directo» acudió a una de las numerosas costas de nuestro país a mostrarnos, según ellos, una valiente actitud de respeto al medioambiente, a nuestro litoral, muy necesitado de cosas así, sobretodo en estos días tan negros. La presentadora del susodicho programa nos informa que van a conectar en directo con una pareja que lleva diez o quince o veinte años cuidando de una remota cala. Caspita, me digo yo, mientras me siento en el sofa esperando ver un caso de altruismo cívico, una pareja que armada de su mocho limpia y relimpia todos los días una remota cata, dejandola sin detritus, sin inmundicias, sin polvo ni paja. Realmente me emocioné, estos tipos de la 1 han encontrado a alguien que va a la playa a limpiarla, no a dejar mierdas varias, condones usados y demás restos de la civilización.
Por fin, tras mantenerme en vilo varios minutos, apareció en la pantalla un reportero, o reportera, y una sonriente mujer cercana a la cincuentena, la responsable de tan bonito detalle con nuestro litoral. La reportera y la buena señora avanzaron por las rocas, saltando, esquivando, poniendo ciudado en cada paso. No solo limpiaban una cala, sino que además era jodido acceder a ella. Arriesgaban su vida por la naturaleza. La lagrimita me corría ya por la mejilla.
La cosa empieza a cambiar de color cuando veo que la feliz pareja atraviesa una peligrosa zona gracias a un puentecillo construido a base de cemento y material de obra. Osea, que la pareja, para limpiar la cata, se tuvo que hacer un puentecillo adosando unos cuantos sacos de cemento en una cala virgen. Bueno, me dije a mi mismo, lo uno por lo otro, retrotraeré la lagrimita, que esto no era lo que parecía.
Y tanto que no era lo que parecía. Al llegar a la cala, mi ilusión en un pozo. En medio de una zona totalmente virgen, sin turistas a la vista, sin hoteles, sin chiringuitos, la feliz pareja, los españolitos ecologistas de a pie, se habían construido una cala artificial. Mas de tres mil kilos de cemento, decía orgulloso el ecologista, habían empleado durante años en convertir aquella cala alejada del mundanal ruido en su paraiso de cemento. Tres mil kilos de cemento para construir sobre las rocas que dan al mar una bonita plataforma de cemento, que eso sí, tenían como los chorros del oro. Ni mota de detritus.
Ya saben, cuiden la naturaleza. Que ven unos arboles sequitos, pues con dos mil kilitos de cemento solucionado. Un lince se cruza en su camino, o en el de la Comunidad de Madrid, pues prepare un carril lince para que campen a sus anchas por las autopistas. Que un pajarito tiene cara de pena, pues un tiro en la cabeza y un bonito monumento de cemento a las aves de ciudad.
Además, por cuidar y respetar el medioambiente de este glorioso país, le sacan en la tele. Dentro de poco, habrá que preparar un premio para condecorar al destructor del litoral que más haga por la naturaleza y el medioambiente.
País, proclamo.










